martes, 6 de marzo de 2012

Nuevo Reportero Pensante

¿Quién es?

El mismo pisante y punzante, cansante y sangrante y guisante y atacante, el reportero delantero, reportero de vanguardia.

Nuestro Reportero Pensante es una publicación bimensual de distribución gratuita, circula en el valle de Aburrá y está en constante búsqueda de miradas y personas interesadas en construir nuevas realidades.

Reportero Pensante está conformado por un grupo de seres que a su vez se proyectan en uno solo: el humano.  Este grupo de personas trabajan para dar una mirada diferente del universo, por ello todo lo aquí escrito florece de la imaginación, y algún parecido con la realidad es simple azar.

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Reportero Pensante

Reportes Edición 9







Prometeo Victorioso

EN UN PAÍS NO MUY LEJANO

En un país no muy lejano, un hombre no muy conocido visita un café no muy famoso. Sentado en una mesa no muy cómoda, bebiendo una copa no tan buena, mirando una calle más bien lúgubre el hombre piensa de forma no muy clara y pronuncia en voz para sí no muy alta: “en un país muy lejano, un hombre harto famoso bebe un buen café mirando feliz una calle hermosa. Ese hombre me conoce, yo le doy la vida y la muerte, y a pesar de tener lo mejor, me envidia por ser su dios, su creador.” El hombre, feliz ahora por su omnipotencia, termina su copa, paga la cuenta, y mientras camina por la calle sonríe porque sabe que en su cuaderno de notas controla el destino de un hombre completamente feliz.

Daniel Arango

Entrevistas Singulares

Reportero pensante de alguna manera ha logrado comunicación con el ratón de la biblioteca y éste le ha comunicado algo acerca de él.  Leamos:


Soy el ratón de la biblioteca.  Inverosímil y taciturno, casi ni existo.  Rondo por el jardín de las palabras y siempre florezco igual.  Toco las manos de las mujeres y esquivo la mirada férrea de algunos hombres.  Viajo por la corriente eléctrica en ocasiones y en otras por el alcantarillado, el que está al lado de la estantería.  Es chistoso, todo es chistoso en este lugar, me creen un ratón y por eso lo soy, pero no, solo soy un ratón para el ratón porque sabe dónde me escondo y ni siquiera mete las narices en mis rincones.  Esos ratones no tienen hocico, caminan tambaleados como un pez revolcándose en la arena y a pesar de tener poco pelo se despeinan fácilmente.  Llegué acá caminando, pero no tambaleado, porque iba para mi hábitat, mi nicho como se dice, mi cloaca como digo.  No me alimento de frutas o pepas.  Solo sopa para mí, sopa de olor a rincón.  No, la sopa de letras alimenta mi inteligencia y a pesar de esto no he demostrado capacidades de intelecto.  Árbol que nace torcido no se endereza.  Así es mi mente: torcida porque se me acercan y en cuestión de segundos los atiendo y despacho.  Esto no es para cualquiera, primero aguantan al ratón de la biblioteca, les digo.  Claro, los que me soportan son los ratones y comprenden mi esencia.  Están torcidos como yo.  Mi mente y mi esencia vienen a ser lo mismo, porque la una es con la otra.  Extraño caso soy.  Una vez toqué la nariz de una dama y ella se me acercó más, la lamí entonces.  Sentí sus bigotes nacientes y ella mi frío.  Eso fue excitante para los dos, en especial cuando después de dos semanas de visitas continuas y acercamientos afectuosos ella comenzó a toser como una tísica inveterada.  Ah, bella sí se veía: más se acercaba y más la enamoraba.  Esa tos era de otro mundo, no podía ser real, era una ficción por lo menos, se me asemejaba al ladrido de un león cuando baja por un peñasco hacia la rivera en busca de sus crías.  Era fantástica su forma de toser: en el primer intento la buscaba, en el segundo conservaba la esperanza, ya en el tercero si no se desvanecía su ilusión se desgarraba, como si rasgase su lengua, como si un pichón rejurgitara el alimento para sus crías.  Siempre la observaba, en su momento de angustia, cuando ya era presa de lo que producen mis besos monstruosos trataba de entenderla; aunque lo entendía todo perfectamente prefería hacerme el ingenuo e intentar todo desde el principio.  No es una técnica, no es una artimaña de conquista, solo soy el ratón de la biblioteca.  Ella me buscó y como la encontré dispuesta a todo ahora parece una vaca marina inventando una nueva telepatía.  Es simpático verla pasar unas cuantas horas deletreando palabra por palabra las páginas de un libro, mueve la boca suavemente como una niña que aprende a hablar y de pronto hace un gesto endemoniado, vituperioso y suelta una bocanada de sonidos semejantes a la risa de un payaso afónico y ebrio, y luego como el rompimiento de un bejuco reciamente chamuscado.  Siento que me enamoro pero la dama es joven y en otro rincón hay un anciano.  El sí que sabe.  Incluso he llegado a imaginar que sus respiraciones profundas son consecuencia del traquear de sus huesos, no, más bien su resquebrajar; es interesante verlo derrumbarse.  Pero más llamativo es cuando él tose: como si cogiese con sus dos manos una biblia y con toda su fuerza rasgase todas las delicadas hojas de un único tirón.  Yo no toso porque pierdo la gracia, y no es que me aguante la necesidad de hacerlo.  Simplemente no nací para que seres como yo, ratones de la biblioteca, se enamoraran de mí; por el contrario soy yo quien me enamoro del ratón para el que soy ratón.

Al fin de cuentas estas comparaciones lo pueden aburrir, señor reportero, pero como soy lo que soy para el ratón y lo que nos diferencia es la tos, me parece pertinente comparar porque así me distingo y puede saber desde dónde le hablo.  La tos es bella porque hay un corte de respiración y nos acerca al inicio del final.  Después de ella todo inicia.  Como dicen: discúlpeme, ejem.  Como le venía diciendo… Así es, la tos inicia lo que ya había empezado, como un renacer o un resucitar.  Por eso hago lo que hago.  Beso al que se deje, si usted me permite… bromeo, es su decisión.  Sus labios, creo conocerlos.  Pero sin abandonar el tema concluyo: amo lo que hago porque hago lo inevitable.  Asústese cuando deje de toser.

EL SERCITO

ELSERCITO 1


Siento la solidez de mi cuerpo, y en él esparcido el ser que me define. Desde el cráneo soy y me defino con cada tramo enervado. Esta masa estriada es lo que soy y es quien escribe. Como un árbol con apariencia de esponja marina, mi “yo” tangible se extiende con raíces extremadamente sensibles hasta el ápice de mis dedos. Soy eso, y no soy eso, porque ese mismo órgano que soy no se totaliza a sí mismo, sin importar que haya ido aprendiendo a concebirse como el epicentro de mi identidad. Aún no me satisfago (o me rehúso a aceptarlo) y genero por tanto otra señal, ya no para que la biomáquina que me contiene tenga sexo, coma o vaya al baño, sino para que sienta allí, a la altura del pecho, desde el estómago hasta la laringe, una sensación de caída constante en un precipicio interno y sin fin; algo que se denomina “vacío existencial”. 



Esa es la sensación sufrida por una consciencia1 que no tiene clara su ubicación exacta en el “todo” del individuo del que hace parte. No sabe dónde reside: si en la cabeza, en la masa latiente, vertida en el envase del cuerpo o conectado a este pero flotando en un plano invisible. Según la Ciencia, todas las emociones humanas, como el amor, el odio, el miedo, la ira, la alegría y la tristeza, están controladas por el cerebro. Dado que esto es un hecho estudiado y soportado por evidencias contundentes, toda nuestra personalidad reside entonces allí, y por tanto, aquel órgano con su lenguaje de impulsos eléctricos y todo un coctel químico de neurotransmisores y receptores, nos inventa y nos crea, definiendo lo que somos y como somos. Así, la materia orgánica, frágil y con un final escrito por el apetito de las larvas, los gusanos y las moscas, concibe un ser “inmaterial” que es capaz de proyectarse por sobre el tiempo y el espacio.



Sin embargo es difícil digerir tal idea…la idea de ser sólo eso; que nuestro innato orgullo metafísico se vea delimitado al punto de una masa nerviosa, cuando tenemos miles de años de concebirnos como seres expandidos en el cosmos, casi al punto de la inmortalidad, con los ojos puestos en los cielos y elevando nuestra existencia a otro plano, que aunque invisible e intangible, creemos más absoluto que este. De esto se han encargado muy bien todos los dogmas místicos, los cuales hemos engendrado a partir de nuestros “vacíos existenciales”, nuestra ignorancia y nuestros temores, especialmente a la muerte. De esto se siguen alimentando, aún en nuestra era de robots y máquinas autónomas, y se alimentarán hasta que llegue el día en que todos los misterios sean aterrizados por explicaciones sólidas. Así nos vamos yendo hasta perder el miedo y quedar desnudos de tabús y libres de juicios sin soporte práctico, tal vez al punto de perder nuestra esencia humana o reinventarnos en otro tipo de conciencia2, como de hecho ya está sucediendo.



He llegado a pensar que nuestra consciencia, es en realidad un ser diminuto sentado en el interior de esa masa encefálica que le sirve de centro de comando. Es ese sercito inmaterial del “yo”, el que interactúa con el entorno, haciendo uso del cuerpo en el que haya despertado, y se va sumergiendo así en esta realidad a medida que experimenta el evento de la “existencia”, hasta el día en que su elaborada biomáquina deja de funcionar. Sucedido esto, toda esa estructura biológica con huesos como vigas, ligamentos como alambres, órganos como sistemas especializados, nervios como circuitos, sangre como fluido funcional y compuestos químicos como reguladores, se descompone hasta elementos fundamentales (carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, etc.) y sabrá quién sabe quién a dónde va a parar el sercito aquel.



Hasta que la muerte nos separe, el sercito aquel que somos, controla su carnoso aparatejo, a la vez que este también lo altera y descontrola; una admirable asociación simbiótica, a veces armoniosa, y a veces caótica, entre el “yo” intangible y el cuerpo palpable. Una fusión majestuosa, a veces total, a veces parcial, entre el mundo de las ideas y el de la biología. Un matrimonio (con sus lunas de miel y sus divorcios), donde la ley del cuerpo es la de los instintos, y la de la consciencia, cualquiera que inevitablemente haya adquirido el individuo debido a la exposición a influencias de tipo social (familiares, culturales, morales o religiosas), o por elección propia, o inclusive por invención de parámetros inéditos, a veces exóticos o poco convencionales, en comparación a la conciencia colectiva que establece qué es, o qué no es lo “normal”. Como pueden ver, es más simple determinar lo que rige nuestra dimensión biológica, que precisar los múltiples efectores que nos confieren identidad, personalidad y por consiguiente individualidad. En cualquier caso, el producto final arrojado al mundo, es la suma de un cuerpo y de un “yo” intangible; eso es lo que nos encontramos realmente en el prójimo toooodos lo días, y en nosotros mismos cuando nos vemos al espejo.



Siento la solidez de mi cuerpo, y en él esparcido un ser que se define desde la subjetividad. Es más veraz la manzana del árbol cayendo, que mi propio “yo” mutable, fabricado por otros y por mí, que flota en el invisible mundo de las ideas y de las convenciones y que a veces se asoma a este mundo sólido a través de la acción corpórea. En este mismo cuerpo que tengo, podrían haber habitado mil “Kennys” distintos, si mi cerebro se hubiera desarrollado mil veces de forma diferente y si factores como mi entorno, mi alimentación, mi salud, mi contexto social y mis vivencias, hubieran sido mezcladas mil veces de forma distinta. Así, el sercito que soy, se lo debo también al azar, o a quien sea que mezcla todos los factores y decide por nosotros cómo perfilar un nuevo ser humano.



KENNY CRISTIAN DÍAZ BAYONA

1 Me permito la invención y uso de esta palabra a falta de un término en diminutivo para la palabra “SER”.
2 Consciencia con “S” es el conocimiento de sí mismo. La consciencia define al ser. Se es consciente de sí mismo y de lo que nos rodea con base a lo que uno es. Otra definición es la que asocia la consciencia a un estado de unión con la vida universal. Es una expansión continua, igual que el universo.
3. Conciencia con “C” es el conocimiento de lo que nos rodea, con base a los órganos de los sentidos. En sentido moral, el cual se emplea aquí, conciencia es la “capacidad de distinguir entre el bien y el mal” (el Pepe Grillo de Pinocho). Así, cabe en contextos como: “tener mala conciencia”, “remordimiento de conciencia”, “no tener conciencia”, etc.